El Antiguo Régimen fue el sistema político, económico, social y cultural que predominó en Europa entre los siglos XVI y XVIII. Este régimen fue especialmente característico en países como Francia, España y Austria, antes de que las revoluciones liberales y los cambios políticos del siglo XVIII lo derrumbaran. Los principales aspectos de este sistema están relacionados con la monarquía absoluta, una estructura económica basada en la agricultura y un sistema social estamental que dividía a la población en tres grupos principales: la nobleza, el clero y el pueblo llano.
La política del Antiguo Régimen se definía por la monarquía absoluta. Los monarcas ejercían un poder centralizado, concentrando en sus manos todos los poderes del Estado. El rey gobernaba "por la gracia de Dios", es decir, se consideraba que su poder tenía un origen divino. Esto legitimaba su autoridad y hacía que el monarca no estuviera sujeto a las leyes que imponía. El rey Luis XIV de Francia, conocido como el "Rey Sol", fue uno de los máximos exponentes de este sistema, declarando en una ocasión: "El Estado soy yo". La corte era el epicentro del poder, y los nobles dependían de su cercanía al rey para mantener privilegios y prebendas. A nivel administrativo, las monarquías absolutas crearon una burocracia centralizada que permitía al monarca controlar eficazmente el territorio y recaudar impuestos.
La economía del Antiguo Régimen se basaba en el sector agrícola, con una baja productividad y un sistema de explotación feudal. La tierra era la principal fuente de riqueza y estaba en manos de la nobleza y la Iglesia, quienes la explotaban a través de los campesinos. Estos campesinos, en su mayoría, no poseían tierras y estaban sujetos a diversas cargas y tributos. La producción artesanal y el comercio tenían un papel secundario, aunque en algunas ciudades europeas comenzaron a desarrollarse gremios y manufacturas que marcarían el inicio de la protoindustrialización. El mercantilismo fue la doctrina económica dominante durante este período, impulsada por los gobiernos para acumular riqueza en forma de metales preciosos, principalmente mediante el control del comercio y la colonización. Jean-Baptiste Colbert, ministro de finanzas de Luis XIV, fue uno de los principales defensores de esta política económica.
La sociedad del Antiguo Régimen estaba organizada en estamentos, lo que significaba que las personas pertenecían a uno de los tres grandes grupos sociales: el clero, la nobleza y el tercer estado o pueblo llano. El clero y la nobleza gozaban de privilegios, como la exención de impuestos y el acceso a cargos públicos y beneficios eclesiásticos, mientras que el tercer estado, compuesto por campesinos, burgueses y artesanos, soportaba la carga fiscal. Esta estructura social era extremadamente rígida, lo que hacía casi imposible la movilidad entre estamentos. En el ámbito cultural, el Antiguo Régimen estuvo marcado por el predominio de la religión en la vida cotidiana y en la cultura. La Iglesia no solo controlaba la educación y la moral, sino que también tenía una influencia considerable sobre la política. El arte barroco, con sus exuberantes formas y su enfoque en lo religioso y lo monárquico, fue el estilo predominante durante gran parte de este periodo.
Carlos IV y su esposa María Luisa de Parma reinaron en España entre 1788 y 1808. El monarca, escasamente interesado por las tareas de gobierno, delegó el poder ejecutivo en validos. A partir de 1792, la figura central de la política española fue Manuel Godoy, hidalgo de baja nobleza que asumió el cargo de primer ministro. El rápido ascenso de Godoy provocó el rechazo abierto de la alta nobleza, desplazada de las grandes decisiones del Estado, y del estamento eclesiástico, indignado por las medidas de expropiación y venta de bienes eclesiásticos promovidas para financiar los gastos bélicos.
A pesar de las tensiones internas, durante esta etapa se impulsaron expediciones científicas y sanitarias ilustradas de gran relevancia, como la expedición cartográfica y naturalista de Alejandro Malaspina por América y Oceanía (1789-1794) y la expedición de Francisco Javier Balmis (1803-1806), que llevó la vacuna de la viruela a los territorios hispanoamericanos.
El estallido de la Revolución Francesa en 1789 alteró drásticamente la política exterior española, tradicionalmente vinculada a Francia mediante los Pactos de Familia. Tras la ejecución del monarca francés Luis XVI en 1793, España declaró la guerra a la Convención Francesa e integró la Primera Coalición internacional junto a Inglaterra (Guerra de la Convención o del Rosellón, 1793-1795). Las victorias tropas francesas forzaron la firma de la Paz de Basilea (1795), por la que Godoy recibió el título honorífico de «Príncipe de la Paz».
Posteriormente, España reorientó su diplomacia firmando el Tratado de San Ildefonso (1796), aliándose con la Francia revolucionaria frente a Reino Unido. Este giro derivó en la Guerra de la Segunda Coalición (1798-1801), en la que la armada española sufrió la derrota naval del Cabo de San Vicente (1797), aunque repelió los ataques británicos en Tenerife y venció a Portugal en la Guerra de las Naranjas (1801), incorporando la plaza de Olivenza. Tras una breve tregua alcanzada en la Paz de Amiens (1802) —por la que España recuperó Menorca—, los ataques británicos a los buques españoles procedentes de América desencadenaron un nuevo conflicto anglo-español (1804-1808), enmarcado en la Tercera Coalición.
En octubre de 1805, la flota combinada hispanofrancesa fue destruida por la armada británica dirigida por el almirante Nelson en la batalla de Trafalgar. La pérdida de la hegemonía naval interrumpió de forma traumática el comercio y el flujo de recursos con los virreinatos americanos.
El esfuerzo bélico continuado y el colapso del comercio ultramarino llevaron a la Hacienda Real al borde de la bancarrota en 1800. Ante la imposibilidad de incrementar la presión fiscal sobre los estamentos privilegiados, la Corona recurrió a diversas fórmulas extraordinarias:
• Vales Reales: Emisión de papel moneda con alto interés para captar capitales de particulares.
• Banco de San Carlos (1782-1783): Institución privada creada para respaldar los gastos estatales, obligada posteriormente a nutrirse de fondos públicos.
• Desamortización de Godoy: Iniciada bajo el ministerio de Luis de Urquijo y continuada por Godoy en 1798. Supuso la incautación y subasta del 20% de los bienes inmuebles eclesiásticos, afectando a las propiedades que pertenecieron a los jesuitas expulsados y a las instituciones benéficas de la Iglesia (obras pías y hospitales). En 1804, mediante la Real Cédula de Consolidación, la medida se extendió a América.
A esta delicada situación financiera se sumó entre 1804 y 1805 una severa crisis de subsistencia provocada por malas cosechas recurrentes, epidemias de fiebre amarilla y hambrunas generalizadas, lo que disparó el éxodo rural y el malestar popular urbano (en Madrid la población en situación de indigencia alcanzó el 40%).
En octubre de 1807, Godoy firmó con la Francia napoleónica el Tratado de Fontainebleau, cuyo objetivo formal era la invasión y reparto de Portugal, único aliado continental de Reino Unido. El acuerdo estipulaba el paso libre de tropas francesas por suelo español y la concesión a Godoy del principado de los Algarves. Sin embargo, Napoleón aprovechó la coyuntura para desplegar un numeroso ejército de ocupación en las principales ciudades españolas bajo el mando del mariscal Murat.
En marzo de 1808, ante la sospecha de una maniobra de anexión francesa, la familia real se trasladó a Aranjuez con la intención de viajar a Andalucía y embarcar hacia América. La oposición cortesana, organizada en torno al príncipe de Asturias en el denominado «partido fernandino», instigó el Motín de Aranjuez (17-19 de marzo de 1808). La multitud asaltó el palacio, exigiendo la destitución de Godoy. Acorralado, Carlos IV claudicó, destituyó a su valido y abdicó en su hijo Fernando VII.
Napoleón, ya coronado como emperador y con el control militar y territorial de Europa, convocó a Carlos IV y Fernando VII en Bayona. Mediante presiones combinadas, logró que Fernando devolviera la corona a su padre y que este se la cediera al propio emperador (Abdicaciones de Bayona, mayo de 1808), con las condiciones de mantener la integridad territorial del imperio y la exclusividad del catolicismo. Napoleón otorgó la Corona de España a su hermano José Bonaparte (José I) y promulgó el Estatuto de Bayona, una carta otorgada con rasgos reformistas.
El malestar popular acumulado por la presencia del ejército napoleónico estalló el 2 de mayo de 1808 en Madrid, cuando la población intentó impedir el traslado de los últimos miembros de la familia real a Francia. La insurrección civil fue sofocada de forma sangrienta por el mariscal Murat, culminando en los fusilamientos del 3 de mayo en la montaña del Príncipe Pío. A pesar de que las autoridades militares permanecieron pasivas por orden superior, capitanes de artillería como Luis Daoíz y Pedro Velarde se unieron al levantamiento. La noticia de la represión se difundió rápidamente mediante bandos como el de los alcaldes de Móstoles (Andrés Torrejón y Simón Hernández).
La difusión de las abdicaciones provocó un vacío de poder que fue cubierto mediante el surgimiento del juntismo: asambleas locales de notables que asumieron la soberanía, declararon la guerra a Francia y organizaron levas. El conflicto tuvo un doble carácter de guerra de liberación nacional frente al invasor extranjero y de contienda civil:
Bando leal a Fernando VII («El Deseado»), integrado tanto por absolutistas defensores del Antiguo Régimen como por liberales y reformistas que buscaban una transformación política y las clases populares que combatían contra un ejército extranjero.
Españoles que juraron fidelidad a José I por convencimiento reformista o por pragmatismo, considerando que la nueva dinastía modernizaría el país. Esta opción fue muy minoritaria ya que eran, básicamente, intelectuales y profesionales liberales.
Triunfos patriotas iniciales. Las fuerzas reclutadas por las juntas andaluzas, dirigidas por el general Castaños, vencieron al ejército francés del general Dupont en la batalla de Bailén (julio de 1808), obligando a José I a evacuar Madrid. Destacaron asimismo los encarnizados asedios a Zaragoza (defendida por Palafox y Agustina de Aragón) y Gerona.
Intervención directa de Napoleón al mando de la Grande Armée (250.000 hombres). Tras la derrota patriota en Ocaña (1809), los franceses ocuparon casi la totalidad de la Península, a excepción de Cádiz, Alicante, Cartagena y Tarifa. Ante la imposibilidad de sostener combates de campo abierto, la resistencia se articuló en guerrillas (destacando caudillos como Juan Martín «El Empecinado» y el cura Jerónimo Merino), que desgastaron de forma continua a las tropas de ocupación. Durante 1811-1812 se produjo una gravísima hambruna generalizada.
Ofensiva aliada y expulsión de los franceses. El retiro de tropas napoleónicas para la campaña de Rusia permitió la contraofensiva del ejército combinado hispano-luso-británico comandado por el duque de Wellington (Arthur Wellesley). La victoria en la batalla de los Arapiles (1812) forzó la evacuación de Madrid. Tras la batalla de Vitoria (1813), las tropas francesas iniciaron el repliegue definitivo. En diciembre de 1813, Napoleón firmó el Tratado de Valençay, restituyendo la Corona a Fernando VII.
El conflicto dejó un saldo demográfico desolador, con cerca de medio millón de muertos (representando un 4% de la población total), la destrucción casi completa de las infraestructuras productivas y la agricultura, la pérdida definitiva de la flota naval, el incremento sideral de la deuda pública y el primer gran exilio ideológico de la historia contemporánea española (alrededor de 10.000 afrancesados). España pasó de ser una potencia de primer orden a un actor marginal en el concierto diplomático europeo.
Para coordinar la resistencia, las juntas locales constituyeron la Junta Suprema Central Gobernativa (presidida inicialmente por el conde de Floridablanca y con la participación de Jovellanos). Ante el avance francés, la Junta se trasladó a Cádiz y dio paso a un Consejo de Regencia que convocó las Cortes Generales en 1810. A diferencia de las asambleas estamentales del Antiguo Régimen, se convocó una cámara única con representación territorial de ciudadanos de la Península y de los territorios de ultramar (208 diputados peninsulares y 30 representantes americanos y filipinos).
En los debates parlamentarios gaditanos se configuraron tres corrientes ideológicas principales:
Liberales: Partidarios de la monarquía parlamentaria, la división de poderes y la soberanía nacional (figuras como Agustín Argüelles, Diego Muñoz Torrero y Pérez de Castro).
Reformistas: O jovellanistas, defensores del reformismo ilustrado y de la soberanía compartida entre el rey y la nación.
Absolutistas: Denominados despectivamente «serviles», defensores del absolutismo monárquico y de la soberanía exclusiva del rey.
Paralelamente a la redacción del texto constitucional, las Cortes promulgaron un conjunto de decretos destinados a desmontar la estructura socioeconómica del Antiguo Régimen:
Abolición de los Señoríos (1811): Se abolieron los señoríos jurisdiccionales, eliminando los derechos feudales de justicia y administración de la nobleza y la Iglesia. Sin embargo, muchos señoríos se convirtieron en propiedades territoriales privadas.
Liberalización económica: Supresión de los gremios e implantación de la libertad de contratación, producción y comercio; abolición del Concejo de la Mesta.
Desamortización de 1813: Decreto de desamortización de bienes de conventos reducidos y propiedades de afrancesados para amortizar la deuda pública.
Abolición de la Inquisición: Supresión del tribunal del Santo Oficio y de las pruebas de limpieza de sangre.
Milicia Nacional: Creación de un cuerpo ciudadano armado al servicio de las autoridades locales para la defensa del orden constitucional.
Promulgada el 19 de marzo de 1812 (festividad de San José), la primera carta magna española articuló un texto extenso (368 artículos) que sentó los cimientos del Estado liberal:
Soberanía Nacional: El poder legítimo reside exclusivamente en la nación española, definida como la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios.
División de poderes: El ejecutivo corresponde al rey (con poder de veto suspensivo por dos años, pero sin facultad para disolver el parlamento); el legislativo reside en las Cortes unicamerales con el rey; el judicial en los tribunales independientes.
Sufragio universal masculino indirecto: Elección de diputados por varones mayores de 25 años mediante un sistema indirecto en cuatro etapas (parroquia, partido, provincia y Cortes). Para ser electo se requería poseer una renta propia.
Declaración de derechos y libertades: Igualdad ante la ley, fin de la exención fiscal para la nobleza y el clero, inviolabilidad del domicilio, libertad de imprenta (para escritos no religiosos), habeas corpus y abolición de las penas de tortura.
Confesionalidad católica exclusiva: Se proclamó la religión católica como única y oficial del Estado, prohibiéndose el ejercicio de cualquier otra.
Instrucción pública universal: Establecimiento de escuelas de primeras letras en todos los municipios para enseñar a leer, escribir, contar y el catecismo.
Tras su liberación por Napoleón en el Tratado de Valençay, Fernando VII regresó a España en marzo de 1814. Un grupo de 69 diputados absolutistas le entregó el Manifiesto de los Persas, solicitando la anulación de la obra gaditana y la restauración del régimen absoluto.
Contando con el respaldo del ejército capitaneado por el general Elío, el monarca promulgó el Decreto de Valencia (4 de mayo de 1814), declarando nula la Constitución de 1812 y todos los decretos de las Cortes «como si no hubiesen pasado jamás».
Esta etapa se caracterizó por la persecución sistemática de los liberales (que debieron exiliarse o actuar clandestinamente en sociedades secretas y logias masónicas), la restitución de los privilegios estamentales, la Inquisición, el régimen señorial y los gremios. Ante la severa crisis de la Hacienda, el ministro liberal Martín de Garay propuso en 1817 una contribución general proporcional a los ingresos, pero fue destituido por la oposición de las clases privilegiadas. Los sectores liberales del ejército respondieron mediante pronunciamientos militares, la mayoría frustrados (Espoz y Mina en 1814, Díaz Porlier en 1815, Lacy y Miláns del Bosch en 1817).
El 1 de enero de 1820, el teniente coronel Rafael de Riego se sublevó en Cabezas de San Juan (Sevilla) con las tropas destinadas a sofocar los movimientos independentistas en América. La formación de juntas liberales en diversas ciudades forzó a Fernando VII a jurar la Constitución de 1812 («Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional»).
Durante el Trienio, la corriente liberal se dividió en dos facciones:
Moderados o Doceañistas: Encabezados por Martínez de la Rosa, partidarios de reformas moderadas, de integrar a los estamentos tradicionales y de introducir el sufragio censitario y un parlamento bicameral.
Exaltados o Veinteañistas: Defensores de la aplicación radical de la Constitución de 1812, la reducción del poder real y la profundización de las reformas anticlericales.
Se promulgaron medidas clave como el primer Código Penal (1822), el Reglamento General de Instrucción Pública (1821), la ley de desamortización de bienes monacales, la supresión definitiva de la Inquisición y los mayorazgos, y una nueva división provincial en 49 provincias (1822). La oposición realista se organizó militarmente en partidas y constituyó la Regencia de Urgel (1822). Finalmente, las potencias absolutistas de la Santa Alianza acordaron en el Congreso de Verona (1822) la intervención militar francesa. En abril de 1823, los Cien Mil Hijos de San Luis, bajo el mando del duque de Angulema, invadieron España y restablecieron el absolutismo.
Fernando VII desató una feroz represión contra los liberales, ejecutando a figuras emblemáticas como el propio Rafael de Riego, Juan Martín «El Empecinado», Mariana Pineda (1831) y el general José María Torrijos (1831). Se disolvió la Milicia Nacional y se crearon la Superintendencia General de Vigilancia Pública (1824, antecedente de la Policía Nacional) y el cuerpo de Carabineros (1829).
Para hacer frente a la ruina económica, el ministro López Ballesteros introdujo reformas administrativas modernas: creación del Consejo de ministros (1823), elaboración de los primeros Presupuestos Generales del Estado (1828), promulgación del Código de Comercio (1829), fundación del Banco de San Fernando (1829) y creación de la Bolsa de Madrid (1831).
El régimen enfrentó una doble oposición: los perseguidos liberales, por un lado, y los ultra-absolutistas o «apostólicos» por otro. Estos últimos consideraban al rey demasiado blando por no restablecer la Inquisición e instigaron la Guerra de los Agraviados o Malcontents en Cataluña (1827).
El final del reinado estuvo dominado por el problema sucesorio. Ante el embarazo de su cuarta esposa, María Cristina de Borbón, Fernando VII publicó en 1830 la Pragmática Sanción (aprobada por las Cortes de 1789), derogando la Ley Sálica e introduciendo el derecho de sucesión de las mujeres. La naciente infanta Isabel fue proclamada heredera, desplazando al hermano del rey, el infante Don Carlos María Isidro, líder de los sectores absolutistas. En septiembre de 1832 ocurrieron los Sucesos de La Granja, en los que los absolutistas lograron que el rey enfermo firmara la derogación de la Pragmática, aunque al recuperarse la reconfirmó. A la muerte de Fernando VII en septiembre de 1833, su esposa María Cristina asumió la regencia en nombre de Isabel II, desencadenándose la Primera Guerra Carlista contra los partidarios de Don Carlos.
La compleja situación política, económica, social y cultural de la España del primer tercio del siglo XIX fue el contexto idóneo para que en el continente americano, gracias a la influencia de la independencia norteamericana y la difusión de las ideas liberales y los nacionalismos, se iniciara el largo proceso emancipador de los territorios de ultramar españoles.
La independencia de los virreinatos continentales americanos responde a factores estructurales y coyunturales:
Descontento criollo: Marginación política de la burguesía criolla (descendientes de españoles nacidos en América), excluida de los altos cargos administrativos en favor de los peninsulares.
Restricciones comerciales: Monopolio mercantil metropolitano que impedía a los productores criollos comerciar libremente con potencias como Reino Unido.
Influencia ideológica: Difusión de los ideales de las revoluciones liberales atlánticas (Independencia de EE. UU. en 1776, Revolución Francesa en 1789 e Independencia de Haití en 1803).
Vacío de poder: Tras la batalla de Trafalgar (1805) y la invasión napoleónica de 1808, la metrópoli quedó incomunicada y sin capacidad de control directo sobre Ultramar.
En este proceso emancipador podemos distinguir las siguientes fases:
Primera Fase (1810-1814): Surgimiento de Juntas americanas (Quito en 1809, Caracas, Buenos Aires). Aunque inicialmente proclamaron lealtad a Fernando VII, rápidamente derivaron en declaraciones de independencia (Caracas y Paraguay en 1811). En México, las insurrecciones populares de los curas Miguel Hidalgo y José María Morelos tenían un marcado carácter de revolución social indígena, siendo sofocadas por la oligarquía criolla. Tras el regreso de Fernando VII en 1814, el envío de expediciones militares restauró temporalmente el control realista en casi todo el continente.
Segunda Fase (1816-1826): Grandes campañas de los «Libertadores». Las Provincias Unidas del Río de la Plata proclamaron su independencia en el Congreso de Tucumán (1816). El general José de San Martín cruzó los Andes y venció a los realistas en Chacabuco (1817), logrando la independencia de Chile (1818). Simón Bolívar triunfó en la batalla de Boyacá (1819) y proclamó la emancipación de la Gran Colombia. El pronunciamiento de Riego en 1820 impidió el envío de refuerzos desde la Península; ante el Trienio Liberal, el general realista Agustín de Iturbide promulgó el Plan de Iguala e independizó México (1821) para preservar el orden tradicional. Bolívar venció en Carabobo (1821), liberando Venezuela, mientras San Martín proclamaba la independencia de Perú (1821). El proceso culminó con la victoria patriota en la batalla de Ayacucho (1824) comandada por Antonio José de Sucre. En 1826 cayeron los últimos reductos realistas en Chiloé y El Callao.
Reino Unido prestó apoyo financiero y militar indirecto a los independentistas mediante créditos y las Legiones Británicas de mercenarios para abrir nuevos mercados. Asimismo, Estados Unidos de Norteamérica respaldó el proceso e impuso la Doctrina Monroe (1823) bajo el lema «América para los americanos», rechazando cualquier intervención europea.
Las consecuencias más destacadas de este proceso emancipador a lo largo de la primera mitad del siglo XIX fueron:
• Descalabro para España: España perdió todo su imperio continental, conservando únicamente Cuba, Puerto Rico y Filipinas en Ultramar (sellando la venta de Florida a EE. UU. en 1819). Privada de las materias primas y los metales preciosos americanos, la economía peninsular sufrió un duro reajuste.
• Fragmentación territorial: El proyecto unificador panamericano de Simón Bolívar fracasó, fragmentándose los antiguos virreinatos en multitud de repúblicas soberanas divididas por conflictos territoriales y luchas entre centralistas y federalistas.
• Estructura social y política: Se establecieron repúblicas dominadas por la oligarquía criolla con acusada tendencia al caudillismo militar y a la inestabilidad social, alineadas económicamente con Reino Unido y Estados Unidos.